Un anciano vendedor de chicles en la inmensa Ciudad de México

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Se gana la vida vendiendo chicles en uno de los tantos cruces conflictivos de la Ciudad de México, con el deterioro acuestas de su vejez aciaga, buscando con mirada insistente hacer contacto con los neurasténicos ojos de los automovilistas apelmazados en la movilidad imposible de la gran metrópoli.

Cuando llegó por fin la luz verde del semáforo y la precaria posibilidad de movimiento, quedó en parte expuesto el rostro curtido y agrietado por el sol de aquel anciano en situación de calle, pero sin que la cámara del teléfono móvil lograra captar el semblante claramente castigado por el tiempo, en el que cada arruga tiene su razón.

Compartimos entre noticias un extraordinario poema de Francisco de Quevedo en el que el autor se sorprende de la rapidez con que ha envejecido y de cómo le ha abandonado la salud; cae en la cuenta de que la vida ha pasado sin que él lo advirtiera, y de que está próxima su muerte.

El tema, frecuente en Quevedo y común en la época en la que escribe, es el tópico literario del tempus fugit, la fugacidad de la vida. Aparece claramente expresado en el título del poema:

 

Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió”.

 

«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde
la Salud y la Edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; Mañana no ha llegado;
Hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el Hoy y Mañana y Ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.

 

Francisco de Quevedo

 

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