La solución de los dos Estados: la cara hipócrita del sionismo sistémico disfrazado de «neutralidad»

La "solución de los dos Estados" se ha convertido en una fachada hipócrita y una herramienta muy útil para el sionismo global. Mientras desde el exterior se mantiene un discurso diplomático de paz y una falsa neutralidad, en la práctica se tolera la constante fragmentación territorial, los asentamientos y el asedio que hacen materialmente imposible la creación de un Estado palestino viable. Las declaraciones vacías, sin acciones ni consecuencias reales frente a la ocupación, funcionan simplemente como una estrategia complaciente para administrar la desaparición progresiva de Palestina. Hipocresía en los hechos ante un genocidio evidente.

Por décadas, buena parte de la comunidad internacional ha repetido la misma fórmula: dos Estados, Israel y Palestina, viviendo en paz y seguridad. Pero mientras presidentes y primeros ministros reiteran esa consigna en foros internacionales, sobre el terreno avanza una realidad que parece conducir en dirección contraria. La pregunta incómoda es inevitable: ¿se trata de una contradicción política o de una estrategia deliberada?

La llamada solución de dos Estados se ha convertido en una de las expresiones más repetidas del vocabulario diplomático internacional. Emmanuel Macron, Keir Starmer, Mark Carney, Pedro Sánchez, Jonas Gahr Støre, Anthony Albanese, Friedrich Merz, Giorgia Meloni, Claudia Sheinbaum, entre muchos otros dirigentes, han defendido públicamente la existencia de un Estado palestino junto al Estado de Israel. China, India, Turquía, Arabia Saudita y otros actores internacionales también han reafirmado, con distintos matices, esa fórmula. Incluso gobiernos que mantienen una estrecha alianza con Israel han insistido en que la creación de un Estado palestino forma parte de una salida política al conflicto.

El problema es que las declaraciones diplomáticas chocan cada vez más frontalmente con lo que ocurre en el territorio.

La contradicción

En mayo de 2026, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Noruega y Países Bajos emitieron una declaración conjunta en la que advirtieron que las políticas del gobierno israelí y la expansión de los asentamientos estaban socavando las perspectivas de una solución de dos Estados. Los nueve gobiernos fueron explícitos: los asentamientos israelíes en Cisjordania son contrarios al derecho internacional y la expansión territorial pone en peligro la posibilidad de crear un Estado palestino viable. El Reino Unido llegó a formularlo de manera particularmente gráfica ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en marzo de 2026: había que preservar la tierra y al pueblo palestinos para que la solución de dos Estados siguiera siendo viable.

La pregunta resulta difícil de evitar: ¿cómo puede existir un Estado palestino si el territorio sobre el cual debería constituirse continúa fragmentándose? Un Estado necesita territorio, continuidad geográfica, soberanía, capacidad de gobierno y control sobre sus recursos, son precisamente esos elementos los que se encuentran cada vez más comprometidos.

La Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas denunció en marzo de 2026 una aceleración de la expansión de asentamientos y de la anexión de grandes partes de Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental, acompañada —según el organismo— por el desplazamiento forzado de más de 36 mil palestinos. Mientras en las capitales occidentales se pronuncia la fórmula de los dos Estados, la expansión territorial reduce progresivamente el espacio físico necesario para que esa solución sea posible y el resto del mundo lo presencia como testigo mudo.

El contraste se vuelve todavía más evidente al observar la política interna israelí. El actual «gobierno» encabezado por Benjamin Netanyahu y los principales partidos de su coalición se han opuesto a la creación de un Estado palestino. Un análisis publicado en 2026 señala que los cinco partidos de la coalición gubernamental se oponen formalmente a la estatalidad palestina y que varios de ellos sostienen una visión territorial asociada al concepto de un Gran Israel. Netanyahu ya había expresado anteriormente su oposición a la creación de un Estado palestino soberano.

No necesariamente porque todos los dirigentes que hablan de dos Estados estén conspirando para destruir Palestina, podrían refutar este artículo de esa forma, no, la contradicción es otra: los gobiernos occidentales pueden defender públicamente la creación de un Estado palestino y, simultáneamente, mantener relaciones con Israel sin imponer consecuencias proporcionales cuando las políticas israelíes dificultan materialmente esa misma solución. Se condena la expansión de asentamientos, se reafirma el derecho palestino a la autodeterminación y se habla de fronteras y de paz. Pero si las medidas que modifican irreversible o progresivamente la realidad territorial continúan, las declaraciones corren el riesgo de convertirse en un ritual diplomático.

El sionismo político bajo la mesa

Sionismo no significa automáticamente oposición a un Estado palestino. Han existido y existen corrientes sionistas que han defendido la partición territorial y la coexistencia de dos Estados. También hubo dirigentes israelíes —como Yitzhak Rabin, Ehud Barak o Ehud Olmert— que participaron en procesos destinados a alcanzar acuerdos territoriales con los palestinos. Pero existe igualmente una corriente del sionismo político, particularmente visible en sectores de la derecha nacionalista y religiosa israelí, que concibe el territorio entre el Mediterráneo y el río Jordán desde una perspectiva que no contempla un Estado palestino soberano. Ese sector no necesita necesariamente anunciar una política de “extinción” palestina. Puede bastar con hacer inviable la existencia de un Estado palestino mediante la acumulación de políticas territoriales, administrativas, militares y demográficas.

Pese al discurso reiterado a favor de los dos Estados, varios de los gobiernos mencionados han dado espacio —en cargos de alto nivel o en el entorno político cercano— a funcionarios y figuras públicas que han recibido reconocimientos explícitos de la Organización Sionista Mundial, de consejos sionistas nacionales o del propio Estado de Israel por su apoyo a la comunidad judía, a Israel o a la causa sionista.

En México, Juan Ramón de la Fuente —secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Claudia Sheinbaum entre octubre de 2024 y abril de 2026— recibió en 2015 el Premio Jerusalem, otorgado por el Municipio de Jerusalén, la Organización Sionista Mundial y el Consejo Sionista de México. El galardón reconoció su apoyo a la comunidad judía e israelí en el país y sus vínculos con el Instituto Cultural México-Israel. En su discurso de aceptación definió el sionismo como “una expresión política y social de la añoranza por la Tierra Prometida” y fue descrito por el embajador israelí de entonces como “gran amigo de Israel”.

En Alemania, Brigitte Zypries —exministra federal de Justicia (2002-2009) y de Economía y Energía (2017-2018), y presidenta de la Asociación de Juristas Alemán-Israelí— recibió en enero de 2025 la Medalla Presidencial de Honor de Israel de manos del presidente Isaac Herzog, por su contribución al fortalecimiento de las relaciones bilaterales y su defensa de Israel frente al antisemitismo y los boicots antiisraelíes.

En Australia, la Federación Sionista de Australia, junto con la Organización Sionista Mundial, ha entregado el Jerusalem Prize a numerosos dirigentes políticos, entre ellos los ex primeros ministros John Howard, Bob Hawke, Julia Gillard y Scott Morrison, el exministro de Exteriores Alexander Downer y el ex primer ministro de Victoria Daniel Andrews (2024). Líderes comunitarios de alta influencia política como Sir Frank Lowy y Mark Leibler recibieron en 2025 la Medalla Presidencial de Honor de Israel.

En el Reino Unido y Francia, figuras de influencia cercana a los círculos de poder (como Sir Trevor Chinn y Maurice Lévy) han recibido la misma Medalla Presidencial de Honor de Israel. Estos reconocimientos no demuestran por sí solos una política de extinción, pero ilustran la proximidad institucional y simbólica que coexiste con las declaraciones sobre Palestina y ayudan a explicar la distancia entre el discurso diplomático y la ausencia de medidas proporcionales cuando las condiciones materiales de un Estado palestino se erosionan.

Asedio a Gaza, hechos que hablan por sí mismos

En conflictos territoriales, los mapas pueden cambiar mucho antes de que cambien los tratados. Una carretera, un asentamiento, una expansión urbana, una zona militar, una expropiación, una barrera, una nueva legislación o un desplazamiento de población pueden parecer aislados. Acumulados durante años modifican radicalmente la realidad. La declaración conjunta de nueve gobiernos occidentales de mayo de 2026 advirtió que la profundización del control israelí y la expansión de asentamientos estaban socavando las perspectivas de una solución de dos Estados. La cuestión no es solamente qué dice Israel sobre Palestina, sino qué espacio queda para Palestina después de cada nueva modificación territorial.

Si uno de los proyectos nacionales conserva o amplía progresivamente el control sobre el territorio del otro, la fórmula de los dos Estados corre el riesgo de convertirse en una ficción diplomática: un Estado palestino sin continuidad territorial, sin control efectivo de sus fronteras, sin plena soberanía y rodeado por territorios bajo control israelí. ¿Seguiría siendo realmente un Estado?

La paradoja es particularmente evidente en el caso de Netanyahu. Mientras buena parte de la comunidad internacional insiste en que el futuro debe contemplar dos Estados, el gobierno israelí continúa defendiendo condiciones territoriales y de seguridad que pueden impedir precisamente esa configuración. En agosto de 2026, Netanyahu mantiene que Israel no retirará sus fuerzas de Gaza mientras Hamás no haya sido completamente desarmado, mientras persisten enormes niveles de destrucción y desplazamiento de la población palestina. Hablar de una futura solución política sin hablar del destino territorial y político de Gaza resulta insuficiente: ¿será Gaza parte de un futuro Estado palestino? ¿Quién gobernará? ¿Quién controlará sus fronteras? ¿Quién garantizará su reconstrucción y bajo qué soberanía? ¿acaso ya se olvidó el ofensivo video compartido por Trump donde se presume de un futuro resort turístico construido sobre las ruinas de Gaza?

Hipocresía

El mundo político parece dividido entre dos realidades imposibles y casi ficticias. Una es la realidad discursiva: Israel y Palestina, dos Estados, dos gobiernos, dos soberanías y una paz negociada. La otra es la realidad territorial: asentamientos, anexiones, desplazamientos, fragmentación territorial y expansión del control israelí. Entre ambas existe una distancia cada vez mayor, es precisamente ahí donde aparece la sombra del sionismo territorial más radical: no necesariamente como una conspiración secreta ni como un plan único y perfectamente coordinado, sino como una corriente política que puede avanzar mediante hechos consumados mientras la comunidad internacional continúa hablando de una solución que, sobre el terreno, se vuelve progresivamente más difícil si es que alguna vez ha sido posible.

La verdadera prueba de sinceridad para quienes dicen defender «dos Estados» no debería ser otra declaración como de costumbre. Debería ser la capacidad de impedir que desaparezcan las condiciones materiales para que exista un Estado palestino. Si los gobiernos occidentales realmente consideran que la solución de dos Estados es la única salida viable, entonces tendrán que responder a una pregunta elemental: ¿qué están dispuestos a hacer para preservar el territorio y la soberanía necesarios para que Palestina pueda existir como Estado?

Si la respuesta continúa siendo únicamente nuevas declaraciones, nuevas condenas y nuevas reuniones diplomáticas mientras el mapa cambia en sentido contrario, entonces la fórmula de los dos Estados se convierte en algo mucho más inquietante: un lenguaje políticamente correcto utilizado para administrar la desaparición progresiva de la posibilidad palestina, una declaración de un sionismo hipócrita que se mueve bajo la mesa, un epitafio anticipado de una población que grita porque el genocidio, que algunos tan dificilmente aceptan y otros incluso niegan, se detenga, una «neutralidad» criminal que cada día sigue costando vidas.

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Rubén Luengas
“Los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la extrema pobreza e injusticia, origen de las grandes desigualdades.”

por Jorge Bergoglio (Papa Francisco)

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Vía Entre Noticias · Rubén Luengas  @rubegluengas

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