Aberlado de la Espriella: la indiferente actitud ante la tragedia en Colombia que no puede pasarse por alto

El sismo del 10 de agosto se convirtió en la primera gran crisis de la recién estrenada Presidencia de Abelardo de la Espriella, dejando cientos de muertos, miles de heridos y una enorme destrucción. Sin embargo, en medio del dolor colectivo, la actitud del mandatario desató fuertes críticas por una expresión de frivolidad o desconexión frente al sufrimiento que atravesaba el país. La indignación escaló tras la negativa del Gobierno a recibir apoyo especializado del extranjero, marginando a grupos vitales como los Topos Tlatelolco. Mientras el país exige rescate y auxilio inmediato, se evidencia que el presidente no solamente administra recursos: representa al Estado y, en momentos de dolor colectivo, su comportamiento adquiere un significado simbólico extraordinario. Aunque el Ejecutivo declaró la emergencia y convocó al sector privado, cumplir con lo mínimo reglamentario no disipa la duda central. Al final, el verdadero examen para la Presidencia no vendrá de justificaciones oficiales ni discursos, sino de los hechos tangibles y de la dignidad con la que el Estado acompañe a las comunidades.

Espriella indiferencia

Gobernar exige humanidad frente a la tragedia colectiva.

El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó el occidente de Colombia el 10 de agosto se ha convertido en la primera gran crisis de la recién estrenada Presidencia de Abelardo de la Espriella. La dimensión de la tragedia es difícil de ignorar: el balance más reciente reporta cientos de muertos, miles de heridos y cientos de personas desaparecidas, además de decenas de miles de desplazados y una enorme destrucción de viviendas e infraestructura.

En medio de este escenario, la actitud pública del mandatario ha generado cuestionamientos. Imágenes difundidas en redes sociales, en las que se le observa realizando gestos y sonriendo antes de intervenir públicamente sobre la emergencia, fueron interpretadas por sectores de la opinión pública como una expresión de frivolidad o desconexión frente al sufrimiento que atravesaba el país. La cuestión, por supuesto, no consiste en determinar a partir de una imagen el estado emocional real del presidente —y si bien su indiferencia resulta francamente repugnante, no somos expertos en salud mental—, sino en analizar lo que esa conducta comunica cuando quien la protagoniza ocupa la máxima responsabilidad institucional de una nación golpeada por una catástrofe.

En una tragedia de esta magnitud, el lenguaje corporal también comunica. Aunque la empatía es un rasgo deseable en un gobernante, sabemos que en esencia la gran mayoría de los servidores públicos carecen de ella. Sin embargo, una familia que busca a un desaparecido, una persona que acaba de perder su vivienda o una comunidad que espera alimentos, atención médica y rescate difícilmente puede separar la gestión administrativa de la manera en que el poder político se presenta ante ella. El presidente no solamente administra recursos: representa al Estado y, en momentos de dolor colectivo, su comportamiento adquiere un significado simbólico extraordinario.

Existe, además, una dimensión psicológica que ha comenzado a aparecer en el debate público y que requiere una distinción clara. No podemos diagnosticar algún trastorno psiquiátrico, lo cual incluso podría interpretarse erróneamente como un atenuante; al contrario, es indispensable recalcar que estas conductas probablemente se ejecutan en plena consciencia y uso de sus facultades. No se trata de una patología sobrevenida, sino de decisiones y actitudes asumidas con total lucidez frente al dolor ajeno.

A estos cuestionamientos se suma una decisión que ha generado profunda indignación: la negativa del Gobierno a recibir apoyo especializado del extranjero. El caso más mencionado y criticado ha sido el rechazo a la colaboración de los Topos Tlatelolco, uno de los grupos de rescate y auxilio a víctimas de terremotos más reconocidos a nivel internacional, cuya experiencia técnica resulta vital en momentos donde cada hora cuenta para hallar sobrevivientes bajo los escombros.

Este aislamiento e insensibilidad en la gestión de la crisis se suma a la ya controvertida cercanía doctrinaria y política de De la Espriella con el sionismo. La combinación resulta inquietante: terremotos y sionismo —expertos estos últimos en derrumbar zonas habitadas y arrasar infraestructuras civiles en Palestina— no representan un buen pronóstico para el pueblo colombiano en medio de una labor de reconstrucción y auxilio humanitario.

El debate resulta todavía más llamativo al observar el contraste con el comportamiento que De la Espriella había mostrado frente a la tragedia sísmica ocurrida previamente en Venezuela. En junio, cuando todavía era presidente electo, expresó públicamente su solidaridad con las víctimas venezolanas y afirmó que Colombia acompañaba al pueblo de ese país «en esta hora difícil». Aquella reacción pública fue presentada como un gesto de diplomacia regional, pero ante una catástrofe dentro de las fronteras colombianas, la exigencia ciudadana es directa.

Debe reconocerse que el Ejecutivo sí ha tomado medidas; no se podría esperar menos ante el tamaño de la tragedia, faltaba más. De la Espriella declaró la emergencia, ha visitado zonas afectadas, anunció un fondo de reconstrucción para viviendas e infraestructura y el 14 de agosto presentó un primer plan convocando al sector privado. Sin embargo, cumplir con lo mínimo reglamentario no disipa la duda central: ¿qué imagen y qué prioridades transmite el jefe de Estado mientras el país atraviesa una devastación de tal envergadura?

La política contemporánea está profundamente determinada por los hechos y los símbolos. Cuando la respuesta oficial combina una frialdad visible, el rechazo a brigadas internacionales de rescate con probada experiencia y alianzas ideológicas cuestionables como la abierta cercanía con el ente sionista, Israel, todo esto por sí mismo genera ya una fractura insalvable en la legitimidad de su gobierno.

El examen para la Presidencia no se limitará al retiro de escombros, sino a la demostración real de humanidad y eficiencia. La respuesta final no vendrá de justificaciones oficiales ni discursos, sino de los hechos tangibles: el auxilio efectivo que llegue a las víctimas, los desaparecidos que logren ser recuperados y la dignidad con la que el Estado acompañe a las comunidades que hoy deben reconstruirse desde la devastación.

Redacción | Entre Noticias

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Rubén Luengas
“Los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la extrema pobreza e injusticia, origen de las grandes desigualdades.”

por Jorge Bergoglio (Papa Francisco)

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Vía Entre Noticias · Rubén Luengas  @rubegluengas

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