Larry Fink y BlackRock: la cabeza corporativa empresarial del sionismo global con sus garras en México

BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, liderada por Larry Fink, quien en los hechos respalda la narrativa sionista, moldea economías y geopolítica con 13.5 billones de dólares. En Israel, financia startups, bonos de guerra y armamento, mientras en México, bajo López Obrador y Sheinbaum, consolida su control sobre pensiones e infraestructura, explotando salarios bajos y dictando políticas. Una red de poder que une finanzas globales, sionismo y desigualdad.

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Fink, previo al proceso electoral mexicano de 2024, visitando a Claudia Sheinbaum.

En un mundo donde el poder económico trasciende fronteras y moldea destinos nacionales, pocas entidades encarnan la intersección entre finanzas globales y agendas políticas como BlackRock, la mayor gestora de activos del planeta. Con más de 10 billones de dólares bajo su gestión, esta corporación estadounidense no solo invierte en el futuro de economías enteras, sino que también financia conflictos y alianzas geopolíticas. En el centro de esta red se encuentra Larry Fink, su fundador y CEO, un hombre cuya herencia judía y posiciones públicas lo convierten en un pilar del sionismo mundial. Entre Noticias presenta este material con el objetivo de aclarar la compleja relación entre BlackRock, Fink y el Estado de Israel, un vínculo que va más allá de las transacciones financieras y se adentra en el apoyo estructural a una ideología y un proyecto nacional que ha generado controversia global.

Larry Fink y la Fundación del imperio

Laurence Douglas Fink, nacido el 2 de noviembre de 1952 en Van Nuys, California, en el seno de una familia judía de clase media, su madre era profesora de inglés y su padre propietario de una zapatería, representa el arquetipo del ascenso «meritocrático» en Wall Street. Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y con un Máster en Dirección y Administración de Empresas (MBA) de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York, Fink inició su carrera en 1976 en First Boston, donde se convirtió en uno de los pioneros en el comercio de valores respaldados por hipotecas. Sin embargo, un error en la predicción de tasas de interés en 1986 le costó a la firma 100 millones de dólares, un revés que lo impulsó a cofundar BlackRock en 1988 bajo el paraguas de The Blackstone Group.

La independencia de BlackRock en 1994 marcó el inicio de su expansión meteórica. Bajo el liderazgo de Fink, quien asumió como presidente en 1998, la compañía se fusionó con Merrill Lynch Investment Managers en 2006, duplicando su portafolio, y salió a bolsa en 1999. Hoy, BlackRock no solo gestiona fondos de pensiones, soberanos y privados, sino que influye en la gobernanza corporativa global a través de su propiedad accionaria en miles de empresas. Fink, con un patrimonio neto estimado en mil millones de dólares según Forbes, ha cultivado una red de influencia que incluye a líderes políticos como Tim Geithner, exsecretario del Tesoro de Obama, y aspiró incluso a ser secretario del Tesoro bajo Hillary Clinton en 2016.

Tim geithner
Tim Geithner, exsecretario del Tesoro de Obama con Hillary Clinton

Pero el ascenso de Fink no es solo una historia de finanzas; está intrínsecamente ligado a su identidad judía y su compromiso con el sionismo, el movimiento ideológico que aboga por la «autodeterminación» judía en un Estado nacional en Palestina histórica. Fuentes como artículos en Medium y reportes de Gospa News lo describen como un «judío estadounidense sionista», cuya visión del mundo integra el apoyo a Israel como un pilar ético y estratégico. Esta conexión no es superficial: define las prioridades de inversión de BlackRock y sus posiciones en foros globales como el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), donde Fink ocupa un asiento influyente.

BlackRock como socio económico de Israel: una verdad innegable

Desde 2016, BlackRock ha establecido una presencia formal en Israel, con oficinas dedicadas a asesorar a inversores locales y canalizar capital extranjero hacia la economía israelí. Su sitio web oficial en hebreo resalta esta expansión: «Usamos nuestra experiencia global para invertir en Israel y para nuestros clientes locales», un compromiso que se traduce en productos como el iShares MSCI Israel ETF, un fondo cotizado que replica el índice de acciones israelíes, permitiendo a inversores internacionales apostar por empresas como Teva Pharmaceuticals o Check Point Software.

Las inversiones de BlackRock en Israel superan los miles de millones de dólares. En 2023, adquirió Kreos Capital, una firma britano-israelí que ha proporcionado 5,700 millones de euros en préstamos de riesgo a startups israelíes y europeas, incluyendo compañías como Gett (app de taxis), SolarEdge (energía solar) y BiolineRX (biotecnología). Esta adquisición, valorada en una suma no divulgada, integra el 25% de las operaciones de Kreos en Israel directamente en la plataforma de deuda privada de BlackRock en Europa, Oriente Medio y África. Según The Times of Israel, esta movida fortalece el ecosistema de innovación israelí, conocido como Start-Up Nation, que recibe miles de millones en deuda de riesgo de firmas como Kreos.

Sin embargo, el apoyo económico de BlackRock a Israel trasciende el sector tech. La compañía es uno de los principales inversores en bonos del Tesoro israelí, que financian el presupuesto estatal, incluyendo el gasto militar. Un informe de la ONU de julio de 2025, elaborado por la relatora especial Francesca Albanese, identifica a BlackRock y Vanguard como los mayores inversores detrás de entidades listadas por su complicidad en la «ocupación perpetua» de Israel, incluyendo bonos y acciones ligadas a la infraestructura de asentamientos. En marzo de 2024, bancos como BNP Paribas, Bank of America y Goldman Sachs, con BlackRock como inversor clave, subscribieron 8 mil millones de dólares en bonos israelíes, permitiendo a Israel mitigar el impacto de una rebaja crediticia pese a las tensiones en Gaza.

A partir de octubre de 2023, mientras el presupuesto de defensa israelí se ha duplicado, y en un momento de caída de la demanda, la producción y la confianza de los consumidores, una red internacional de empresas ha apuntalado la economía israelí. Blackrock y Vanguard figuran entre los mayores inversores en empresas de armamento, fundamentales para nutrir el arsenal genocida de Israel. Los principales bancos mundiales han suscrito bonos del Tesoro israelí, que han financiado la
devastación, y los mayores fondos soberanos y de pensiones han invertido ahorros públicos y privados en la economía genocida, todo ello mientras hacían protestas de respeto de sus directrices éticas.

Estas inversiones no son neutrales. BlackRock posee participaciones significativas en bancos israelíes y contratistas de defensa, lo que la vincula directamente al aparato militar del país. Por ejemplo, su sitio web en Israel promueve fondos de renta fija que incluyen bonos gubernamentales, esenciales para financiar el presupuesto de defensa de Israel, que en 2024 superó los 24 mil millones de dólares, un 70% más que en 2022 debido al conflicto en Gaza.

Larry Fink: El defensor del sionismo en la Cumbre Global

Larry Fink no se limita a firmar cheques; es un defensor público del sionismo y de Israel. En octubre de 2023, tras el ataque de Hamás que dejó 1,400 muertos israelíes, Fink publicó en LinkedIn: «Estoy absolutamente devastado por los actos de terrorismo horríficos cometidos en Israel. No hay palabras para el secuestro y el asesinato de tantas personas inocentes«. En una entrevista con Fox Business ese mismo mes, declaró: «El mundo necesita recuperar su brújula moral» y se posicionó «contra el fanatismo y el odio», condenando explícitamente el antisemitismo en universidades como NYU, donde es miembro de la junta directiva.

Fink linkedin

Fink ha elogiado acciones militares estadounidenses en apoyo a Israel, como el despliegue de un portaaviones nuclear en Oriente Medio en 2023 para disuadir a Irán, llamándolo «una declaración espectacular de Estados Unidos«. Críticos, como el People’s Forum, lo acusan de ser un «porrista del régimen de apartheid israelí« y de promover una guerra regional. En su carta anual a inversores de 2025, Fink enfatiza la «expansión del acceso a mercados de capitales para construir un futuro próspero«, un mensaje que, en el contexto israelí, pareciera un respaldo a la fuerza económica que el país ha demostrado ante boicots globales.

Su sionismo se manifiesta también en filantropía: Fink ha donado millones a causas judías e israelíes, incluyendo educación y salud. Como judío practicante, su apoyo al Estado judío se alinea con el sionismo moderno, que ve en Israel no solo un refugio, sino un bastión estratégico contra amenazas existenciales. En foros como el WEF, donde es un habitual, Fink integra estas visiones, influyendo en políticas que benefician indirectamente a Israel, como la promoción de inversiones en energías renovables, un sector donde Israel lidera con firmas como SolarEdge, respaldadas por BlackRock.

Blackrock: cómplice de genocidios

La relación de BlackRock y Fink con Israel no está exenta de sombras. Organizaciones como el People’s Forum y Middle East Monitor acusan a la firma de «financiar el genocidio» en Gaza mediante inversiones en contratistas de defensa estadounidenses que suministran armas a Israel: Lockheed Martin (7,4% de participación de BlackRock), RTX, Northrop Grumman, Boeing y General Dynamics. Estas compañías producen misiles, aviones F-35 y bombas usadas en operaciones israelíes, que han causado decenas de miles de muertes civiles desde octubre de 2023, según la ONU.

En noviembre de 2023, activistas irrumpieron en la sede de BlackRock en Nueva York exigiendo un alto a la «complicidad en la violencia genocida israelí contra palestinos». En Malasia, el Fondo de Pensiones de Empleados (EPF) enfrentó presiones para cortar lazos con BlackRock, que gestiona 200 millones de dólares de sus fondos, por su «apoyo al régimen de apartheid» y operaciones en Israel desde 2016. Exministros malayos como Khairy Jamaluddin criticaron la adquisición de Global Infrastructure Partners (GIP) por BlackRock en 2024, que implicaba gestión de aeropuertos malayos, argumentando que no hay «compromiso con el mal».

Incluso en Israel, hay tensiones: en 2025, inversores retiraron 930 millones de séqueles (250 millones de dólares) de fondos Phoenix-BlackRock por su bajo rendimiento y exposición al dólar, en un contexto de rally bursátil local. La relatora Albanese, en su informe de julio de 2025, lista a BlackRock entre entidades «cómplices en el genocidio», por invertir en compañías que proveen IA, vigilancia y logística militar a Israel, como Alphabet, Amazon y Leonardo S.p.A.

Estas acusaciones evidencian que BlackRock no es un inversor neutral sino un actor geopolítico. Fink defiende que sus inversiones promueven «bienestar financiero global«, pero críticos ven en ellas un sesgo sionista que prioriza a Israel sobre derechos humanos.

Blackrock como alfil en el juego sionista

El sionismo mundial, como movimiento transnacional, encuentra en figuras como Fink un aliado financiero clave. Su influencia en el Council on Foreign Relations (CFR) y en el Foro Económico Mundial (WEF) permite moldear narrativas que alinean intereses occidentales con Israel, desde la lucha contra el «terrorismo» hasta la innovación tecnológica. En un contexto de tensiones crecientes, con boicots BDS ganando terreno y la ONU llamando a cesar transferencias de armas, BlackRock emerge como un puente entre el capitalismo global y el proyecto sionista.

Pese a ello, según un informe publicado por la plataforma Stop US Arms to Mexico, México ha adquirido armamento de Israel por un valor superior a los 54 millones de dólares entre 2018 y 2024, incluyendo drones, sistemas de vigilancia y armamento ligero. Estas cifras, obtenidas de registros oficiales, evidencian una creciente relación comercial en materia de defensa entre ambos países, en un contexto donde el gobierno mexicano busca fortalecer sus capacidades de seguridad. Sin embargo, organizaciones civiles han expresado preocupación por el uso de estas tecnologías en la vigilancia de activistas y periodistas, así como por el impacto en los derechos humanos en el país.

Siguiendo esta línea también se revela que cárteles mexicanos como el de Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el de Sinaloa han incorporado a sus arsenales rifles y pistolas fabricados en Israel, como los fusiles Galil y Tavor de Israel Weapons Industries, junto con entrenamiento impartido por instructores vinculados al Mossad y mercenarios extranjeros. Entre 2006 y 2018, el gobierno mexicano adquirió 23 mil 772 armas de esta empresa por 34 millones de euros, destinadas inicialmente a fuerzas locales, pero que han derivado hacia manos criminales, según el estudio «Intercambio mortal» de organizaciones internacionales. Investigaciones de la Subprocuraduría de Delincuencia Organizada de 2019 documentan operaciones de exagentes israelíes en la venta ilegal de armamento, lavado de dinero y campos de adiestramiento en zonas montañosas de Guanajuato, Veracruz y Jalisco, donde se enseñan tácticas de combate urbano, emboscadas y manejo de explosivos. Un video reciente de junio de 2025, difundido por el alcalde de Uruapan, muestra a sicarios del CJNG en un campamento clandestino en Michoacán, recibiendo instrucción avanzada, lo que evidencia cómo estos recursos elevan la capacidad bélica de los grupos delictivos y agravan la violencia en comunidades vulnerables, demandando una revisión urgente de las exportaciones de armamento.

La relación entre BlackRock, Larry Fink y el sionismo no es una mera anécdota financiera, sino un eje de poder que sustenta la supervivencia y expansión de Israel en un mundo de por sí ya hostil. Fink, con su visión de un «futuro próspero» moldeado por mercados abiertos, encarna el sionismo pragmático: económico, innovador y cómplice en desigualdades globales.

Mientras BlackRock invierte en el mañana de Israel, desde startups hasta bonos de guerra, los señalamientos persisten: este apoyo disfrazado de un derecho legítimo de autodeterminación y defensa impulsa una forma de colonialismo financiero y béliico.

México en la cueva del lobo

BlackRock, el coloso financiero estadounidense que administra 13.5 billones de dólares en activos, una suma que eclipsa el PIB de la mayoría de las naciones, ha tejido una red de influencia en México que trasciende la mera inversión, configurándose como un instrumento de control económico durante los mandatos de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) y Claudia Sheinbaum (2024-actualidad). Bajo López Obrador, quien se presentó como un baluarte contra el neoliberalismo, BlackRock no sólo consolidó su dominio sobre los fondos de pensiones mexicanos, invirtiendo en empresas que luego adquiere, sino que prosperó mediante alianzas opacas marcadas por el clientelismo y conflictos de interés. Un informe de 2018 reveló cómo la firma expandió su negocio de infraestructura en México a través de corrupción y favoritismos, beneficiándose de un gobierno que, pese a su retórica antiélite, garantizó estabilidad para los inversionistas extranjeros al prometer no expropiar propiedades privadas en reuniones directas con el CEO Larry Fink. Esta hipocresía inicial pavimentó el camino para una dependencia que hoy socava la soberanía nacional, priorizando ganancias corporativas sobre el bienestar colectivo.

La transición a Sheinbaum, discípula ideológica de López Obrador, no alteró esta dinámica; al contrario, la intensificó, revelando un régimen que, bajo el manto de la «cuarta transformación», se somete ante los dictados de Wall Street. Apenas días después de su victoria electoral en junio de 2024, Sheinbaum se reunió con representantes de BlackRock, un encuentro que Fink mismo describió como parte de su estrategia para «entrevistar» a líderes potenciales antes de su ascenso, asegurando alineación con intereses corporativos. En noviembre de 2024, con el fantasma de las amenazas arancelarias de Donald Trump acechando, Sheinbaum volvió a convocar a Fink para «urgir calma» a los mercados, mientras BlackRock anunciaba una expansión masiva en México, elevando su plantilla local a 400 empleados y capturando flujos de inversión extranjera directa que alcanzaron los 39 mil millones de dólares en 2024. Esta servil actitud no es mera cortesía diplomática: es una capitulación que expone cómo el gobierno morenista, lejos de empoderar al pueblo, entrega recursos estratégicos, como fondos de pensiones y proyectos de infraestructura, a un actor que Fink ha calificado públicamente como preferente de regímenes predecibles, incluso totalitarios, sobre las «desordenadas» democracias.

La crítica se agudiza al examinar el costo humano y social de esta simbiosis. BlackRock ha capitalizado la «ventaja» mexicana de salarios bajos, inferiores a los chinos, como Fink alabó en el Foro Económico Mundial, fomentando un modelo de «friend-shoring» que explota mano de obra educada pero precarizada, sin generar empleo de calidad ni transferencias tecnológicas significativas. Bajo López Obrador, esta explotación se enmascaró en promesas de «condiciones inmejorables» para la inversión, citando el T-MEC como anzuelo, mientras BlackRock invertía en sectores clave como energía y telecomunicaciones, a menudo a expensas de comunidades indígenas y ambientales. Sheinbaum, con su promesa de 14 mil millones de dólares en energías limpias, no ha roto este patrón; al contrario, sus reformas constitucionales, aprobadas en opacidad, facilitan el despojo de tierras y recursos, alineándose con la agenda globalista de BlackRock y el Foro Económico Mundial, del que Sheinbaum es aliada declarada. Esta colusión perpetúa desigualdades: mientras la élite financiera acumula, millones de mexicanos languidecen en pobreza, con pensiones administradas por el mismo depredador que las invierte en sus propios imperios.

Aún más alarmante es el erosionamiento de la autonomía política, donde BlackRock no solo invierte, sino que dicta prioridades. Durante el sexenio de López Obrador, la firma influyó en políticas energéticas y fiscales, utilizando su control sobre fondos públicos para presionar por deregulaciones que beneficiaron a sus portafolios, todo bajo un velo de «estabilidad macroeconómica». Sheinbaum ha elevado esta injerencia: sus reuniones con Fink coinciden con anuncios de recortes presupuestales que priorizan deuda externa, 20 billones de pesos proyectados para 2026, sobre programas sociales, un endeudamiento que BlackRock, como acreedor indirecto, aplaude. Críticos en redes sociales y analistas independientes denuncian esta entrega como una «alianza de saqueo», vinculando a Sheinbaum con élites sionistas y globalistas, donde México se convierte en extensión de intereses extranjeros, desde la compra de armas israelíes hasta la negación de condenas al genocidio en Gaza. Esta sumisión no es accidental: es el fruto de un progresismo de fachada que, en palabras de Fink, valora la certeza totalitaria sobre la democracia vibrante, a la que se adhieren además las nuevas reformas fiscales que ponen en riesgo la privacidad de los usuarios de internet en el país.

En última instancia, el rol de BlackRock en México bajo López Obrador y Sheinbaum representa no un triunfo económico, sino una contradicción al proyecto soberanista que ambos líderes proclamaron. Mientras la firma se expande, devorando activos y moldeando políticas a su antojo, el país enfrenta un futuro incierto al que se acerca cargando salarios que no cumplen con el mínimo para alcanzar un nivel de vida digno y amortiguado esto con dádivas gubernamentales que más que solución son válvula de escape, además recursos privatizados y una narrativa oficial que celebra la «inversión privada» como logro, ocultando el problema de fondo y más que buscar tomar distancia del globalismo voraz, se acerca paso a paso, abriendo la puerta a la expansión sionista en el mundo. Ahora se entiende mejor que México tenga a Juan Ramón de la Fuente, sionista declarado, en un puesto tan relevante como canciller de Relaciones Exteriores, un vistazo de lo que se avecina para México.

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