La condena moral a las torturas de Abu Ghraib en 2004 fue casi unánime, calificada como uno de los mayores escándalos éticos y de derechos humanos del siglo XXI. El horror no sólo provino de los actos de tortura física y psicológica en sí, sino del hecho de que fueron sistemáticamente fotografiados y celebrados por los propios soldados estadounidenses, deshumanizando por completo a los prisioneros iraquíes.
Por Bruno Sgarzini 23 años después de la invasión, Estados Unidos retiró todas sus tropas de Irak dejando una estela de muerte, destrucción, contaminación y robo de las riquezas iraquíes. A pesar de esta retirada, Washington continuara quedándose con los ingresos petroleros de Irak en las cuentas de la Reserva Federal de Nueva York, como lo hace desde el inicio de la invasión.
Este es un repaso de una de las mayores historias coloniales de nuestra época.
George Bush, junto con Colin Powell, su secretario de Estado, y Donald Rumsfeld, su jefe del Pentágono, desarrollaron una agresiva campaña de comunicación para culpar a Saddam Hussein de tener armas de destrucción masiva. Contaron, por supuesto, con el apoyo de la España de José María Aznar y el Reino Unido de Tony Blair.
Todo se demostró falso según los documentos internos hallados por algunos periodistas.
La investigación de Draper aporta documentos recientemente desclasificados y recurre a funcionarios de la CIA y del departamento de Defensa que trabajaron en los frenéticos meses que precedieron a una invasión que ocho años después había causado la muerte a 4.500 estadounidenses y unos gastos enormes. La mayoría de las víctimas eran soldados que regresaron a EEUU en cajas de pino envueltas con barras y estrellas.
Draper cuenta que la invasión comenzó a fraguarse pocos días después del 11-S, cuando el vicepresidente Dick Cheney visitó la sede de la CIA en Virginia. En aquel tiempo, el personal de la CIA andaba como loco buscando vínculos entre los terroristas y Al Qaeda, pero Cheney les ordenó que dejarán de lado a Bin Laden y que se centraran en Saddam Hussein, una petición que para los espías americanos carecía de tanto sentido como si alguien hubiera querido atribuir el 11-S “a Bélgica”.
Durante el año siguiente, Cheney y “otros ideólogos” se adentrarían en ese camino, asegurando sin asomo de duda que Saddam Hussein disponía de un arsenal secreto de armas nucleares, biológicas y químicas. Naturalmente, los agentes y analistas de la CIA que se ocupaban del tema sabían que eso era mentira, pero algunos de ellos se prestaron al juego de los “ideólogos” y la bola fue creciendo y suscitando una alarma injustificada entre la población americana.
Bush necesitó poco tiempo para decidir que había que invadir Irak. Solo dos meses después del 11-S, el presidente ya había ordenado que se preparara la guerra, una decisión que no tenía ninguna relación con la inteligencia que le proporcionaban sus servicios secretos. Un año después, en diciembre de 2002, Busch declaró: “No podemos esperar a tener la prueba final, el arma humeante, que podría llegar en forma de una nube de hongo”.
Como sea que las pruebas de la existencia de armas nucleares, biológicas y químicas no llegaban por más que los inspectores de la ONU las buscaban por todas partes, Washington señaló que eso era una prueba de la inteligencia de Saddam Hussein, quien era capaz de ocultarlas a la ineptitud de los inspectores.
Un operativo de Al Qaeda torturado en Egipto confesó que “había oído a alguien sin identificar” que Saddam Hussein estaba en tratos con Bin Laden.
Aunque era otra falsedad, la administración Bush la dio por buena y la anotó como prueba definitiva que justificaba la guerra. Otra evidencia similar, de carácter terciario y sin ninguna base real, es más, que una vez investigada por el FBI se comprobó que era totalmente falsa, vinculó al presidente iraquí con Bin Laden.
Aunque a mediados de 2002 el Pentágono confeccionó un informe en el que se decía que la inteligencia de EEUU sobre las supuestas armas de destrucción masiva de Irak era “incompleta” en un 90 por ciento, el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, archivó el informe de manera automática ya que tenía el pequeño defecto de que no concordaba con lo que pensaban los ideólogos de Washington.
Otras falsedades siguieron llegando, como la fabricada por la CIA que aseguraba que un ingeniero iraquí había comprado uranio en Níger. Una rápida comprobación en Google mostraba que la supuesta carta en la que se basaba esa aserción era un fraude. Al final las mentiras justificaron una guerra que nunca tenía que haberse producido y que causó un enorme daño a Irak, Oriente Próximo y Europa, un daño que todavía no ha terminado.
Los primeros bombardeos, al parecer, fueron diseñados para asesinar a Saddam Hussein según Marc Garlasco, el responsable del Pentágono a cargo de diseñar esa operación. De acuerdo a su versión de los hechos, los estadounidenses realizaron 50 ataques aéreos contra Saddam sin que ninguno tuviera éxito.
La historia de esa fallida operación habla bastante de la actitud sanguinaria de Bush y sus compañeros de armas.
Según un informe de Human Rights Wach, “el uso de municiones de racimo en áreas pobladas provocó más bajas civiles que cualquier otro aspecto de las principales operaciones militares en el inicio de la invasión. Watch. Las tropas estadounidenses y británicas usaron al menos 13.000 municiones de racimo, con cerca de dos millones de submuniciones en su interior, que “mataron o hirieron a más de un millar de civiles”.
En la era de Saddam Hussein, Abu Ghraib, veinte millas al oeste de Bagdad, era una de las prisiones más notorias del mundo, con torturas, ejecuciones semanales y condiciones de vida viles. Hasta cincuenta mil hombres y mujeres (no es posible hacer un recuento exacto) se apiñaron en Abu Ghraib a la vez, en celdas de doce por doce pies que eran poco más que pozos de contención humanos.
En los saqueos que siguieron al derrumbe del régimen, en abril pasado, el enorme complejo carcelario, para entonces desierto, fue despojado de todo lo que se pudo remover, incluyendo puertas, ventanas y ladrillos. Las autoridades de la coalición embaldosaron los pisos, limpiaron y repararon las celdas y agregaron baños, duchas y un nuevo centro médico. Abu Ghraib era ahora una prisión militar estadounidense. Sin embargo, la mayoría de los prisioneros (para el otoño había varios miles, incluidas mujeres y adolescentes) eran civiles, muchos de los cuales habían sido detenidos en redadas militares aleatorias y en puntos de control de carreteras. Cayeron en tres categorías vagamente definidas: delincuentes comunes; detenidos de seguridad sospechosos de “crímenes contra la coalición”; y un pequeño número de presuntos líderes de “alto valor” de la insurgencia contra las fuerzas de la coalición.
“Una de las partes más difíciles de mi trabajo es vincular Irak con la guerra contra el terrorismo». (George Bush)
Publicación original y completa: Bruno Sgarzini
Redacción | Entre Noticias
Fuente: Bruno Sgarzini
“Los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la extrema pobreza e injusticia, origen de las grandes desigualdades.”







