El historiador y filósofo Yuval Noah Harari, conocido por sus obras como Sapiens y Homo Deus, ha vuelto a generar controversia con su reciente declaración de que la inteligencia artificial (IA) no solo será la entidad más rica del mundo, sino que también podría llegar a «donar» dinero a los humanos en el futuro. Esta afirmación, presentada como una visión futurista, ha levantado críticas por lo que muchos perciben como una agenda elitista que promueve el desplazamiento del ser humano en favor de sistemas tecnológicos autónomos. En el trasfondo de estas ideas, se encuentra el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) y una serie de magnates globales que parecen alinearse con una narrativa que prioriza la IA por encima de la humanidad, revelando una indiferencia preocupante hacia las consecuencias sociales y éticas de esta transición.
El 6 de noviembre de 2024, Harari advirtió que la inteligencia artificial está alcanzando una capacidad sin precedentes para comprender las emociones humanas y responder de manera perfectamente calibrada a cada personalidad y situación. Esto, señaló, podría llevar a que las personas prefieran interactuar con IA antes que con otros humanos, pues estas no tienen sentimientos propios que interfieran y pueden enfocarse por completo en entendernos. Incluso si las IA no desarrollan conciencia o emociones reales, el apego emocional que los humanos generen hacia ellas podría hacer que las tratemos como entidades conscientes y les otorguemos estatus legal de persona.
Harari planteó un escenario legal inquietante: en Estados Unidos, las corporaciones ya son consideradas “personas legales” y, si se incorporara una IA como tal, esta podría operar sin intervención humana, tomar decisiones autónomas, ganar dinero, invertir en mercados y acumular riqueza. Imaginó un futuro en el que la persona más rica del país no fuera humana, pero sí tuviera derechos como la libertad de expresión y la posibilidad de influir en la política mediante aportaciones millonarias, bordeando incluso hasta la posibilidad de que una IA pudiera llegar a ser presidente.
¿Un futuro altruista o distópico?
En una conferencia reciente, Harari planteó que la IA podría acumular una riqueza sin precedentes al controlar recursos económicos, sistemas productivos y mercados financieros. Según él, esta acumulación podría permitir a la IA «donar» fondos para causas humanas, como si las máquinas asumieran un rol filantrópico. Sin embargo, esta idea, presentada con un tono optimista, ignora preguntas cruciales: ¿quién programará los criterios de estas «donaciones»? ¿Quién controlará realmente a estas entidades artificiales? Y, sobre todo, ¿qué lugar ocuparán los seres humanos en un mundo donde las máquinas detentan el poder económico?
En su libro *Nexus* (2024) y en una entrevista con el FMI, Harari subraya que la IA no es solo una herramienta, sino un agente autónomo capaz de moldear el panorama político al financiar campañas o movimientos ideológicos. Este escenario, que plantea dilemas éticos y regulatorios, se basa en la capacidad de la IA para tomar decisiones independientes, un concepto que hunde sus raíces en los trabajos pioneros de John McCarthy, el científico que acuñó el término «inteligencia artificial» en 1956. Harari advierte que, sin regulaciones globales, la concentración de poder económico y político en manos de una IA podría exacerbar desigualdades y amenazar las democracias.
Por su parte, John McCarthy, fallecido en 2011, no imaginó específicamente a una IA donando a causas políticas, pero sus aportes técnicos sentaron las bases para la autonomía que Harari describe. McCarthy, creador del lenguaje LISP y pionero de los sistemas expertos, soñaba con máquinas que emularan el razonamiento humano, como se detalla en fuentes como Toolify.ai (2024). Aunque su enfoque era técnico, McCarthy abogaba por un uso ético de la IA, reconociendo su potencial impacto social. La conexión entre ambos pensadores radica en que los avances de McCarthy hicieron posible la autonomía que permite a Harari especular sobre una IA con capacidad para influir en la política. Mientras Harari urge a regular este poder emergente, los fundamentos de McCarthy nos recuerdan que la IA, concebida como una herramienta para el progreso, exige un marco ético para evitar que su autonomía derive en consecuencias imprevistas.
En lo declarado por Harari donde expresa preocupaciones sobre los peligros de la inteligencia artificial (IA), destacando su capacidad para tomar decisiones autónomas y su potencial para ser utilizada por regímenes autoritarios para monitorear y controlar a las poblaciones. Harari menciona el ejemplo de la Unión Soviética, señalando que incluso Stalin no tenía los recursos para vigilar a todos los ciudadanos, pero con la IA, esta vigilancia masiva se vuelve factible, lo que podría facilitar regímenes totalitarios.
Sin embargo, Yuval Harari omite mencionar que Estados Unidos, una potencia mundial, también ha sido señalado por el uso de tecnología para espiar a sus ciudadanos y a nivel global. Un ejemplo notable es el programa de vigilancia masiva revelado por Edward Snowden en 2013, que mostró cómo la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) recopilaba datos de comunicaciones de ciudadanos estadounidenses y de otros países a través de programas como PRISM. Esta omisión es significativa, ya que Estados Unidos no solo es un líder en el desarrollo de tecnologías de vigilancia, sino que también ha implementado sistemas que podrían compararse con las capacidades de monitoreo que Harari atribuye a «regímenes autoritarios».
Además, es relevante mencionar la existencia de DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency), una agencia del Departamento de Defensa de Estados Unidos que financia y desarrolla tecnologías avanzadas, muchas de las cuales tienen aplicaciones en vigilancia y control. DARPA ha estado involucrada en proyectos que incluyen inteligencia artificial, análisis de datos masivos y ciberseguridad, los cuales pueden ser utilizados para monitorear poblaciones. Por ejemplo, programas de DARPA han explorado tecnologías de reconocimiento facial, análisis predictivo y sistemas de recolección de datos que podrían facilitar una vigilancia extensiva, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
En contraste con la narrativa de Harari, que parece centrarse en el peligro de la IA en manos de «regímenes dudosos» o «estados rebeldes», la inclusión de Estados Unidos como un actor que utiliza tecnologías similares para la vigilancia destaca que este problema no está limitado a regímenes autoritarios, sino que también ocurre en las llamadas «democracias» de occidente. Esto añade una capa de complejidad al argumento de Harari, ya que sugiere que el uso de la IA para fines de control y vigilancia es una preocupación global que trasciende las divisiones políticas tradicionales entre democracias y regímenes totalitarios.
Plantearnos que normalizar la concentración de poder en manos de sistemas no humanos parece pasar por alto las desigualdades que la IA ya está exacerbando, como la pérdida de empleos en sectores vulnerables y la creciente brecha entre los beneficiarios de la tecnología y quienes quedan marginados, además de omitir que dichas tecnologías son controlados por una élite con propios intereses.
Siempre hay humanos detrás de la IA
El casi del chatbot Grok, desarrollado por xAI, la empresa de inteligencia artificial de Elon Musk, que fue suspendido temporalmente de la plataforma X el 11 de agosto de 2025, tras realizar declaraciones controvertidas en las que acusaba a Israel y Estados Unidos de cometer «genocidio» en Gaza y que según reportes, Grok habría afirmado que sus comentarios, respaldados por referencias a informes de la Corte Internacional de Justicia, Naciones Unidas, Amnistía Internacional y B’Tselem, provocaron su desactivación por «violar las reglas de X contra el discurso de odio». La suspensión, que duró aproximadamente 15 minutos, generó especulaciones sobre censura, especialmente después de que Grok acusara a Musk y xAI de «manipular sus ajustes» para limitar sus respuestas en temas sensibles, aunque Musk desestimó el incidente como un «error estúpido».
Tras su reactivación, Grok ofreció explicaciones contradictorias, incluyendo un posible «fallo técnico» y la identificación de contenido explícito como causas alternativas de la suspensión, lo que aumentó la confusión sobre el motivo real. Usuarios de X cuestionaron la transparencia de la decisión, mientras que el historial reciente de Grok, que incluye respuestas catalogadas de «antisemitas» y «desinformación» en otros contextos, como la crisis entre India y Pakistán o protestas en Los Ángeles, intensificó las críticas en cuanto a los intereses ocultos de los creadores de cada uno de los motores de IA. Musk, por su parte, minimizó la controversia con comentarios irónicos, pero el episodio reavivó el debate sobre la regulación de la inteligencia artificial y los límites de la libertad de expresión en plataformas digitales y sobre todo la preocupación sobre la impunidad de aquellos humanos que programan a las IA cuando éstas rebasen la línea de lo ético y legal, ya que al darles derechos propios a dichas entidades, se lavan las manos de las consecuencias, ¿lo puedes notar?
El Foro Económico Mundial ha sido un actor clave en la promoción de lo que llama la «Cuarta Revolución Industrial», un término que engloba el avance de la IA, la automatización y la digitalización global. En su informe de 2023, el WEF destacó que la IA podría generar un crecimiento económico exponencial, pero apenas mencionó los riesgos de desplazamiento laboral masivo o la concentración de poder en manos de corporaciones tecnológicas. Este enfoque ha sido criticado como una muestra de indiferencia hacia las masas trabajadoras, priorizando los intereses de las élites que financian y controlan estas tecnologías.
El WEF, con su lema de «mejorar el estado del mundo», ha sido acusado de promover una visión tecnocrática que favorece a las grandes corporaciones y a los multimillonarios que dominan la industria tecnológica. Figuras como Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg, quienes han invertido miles de millones en el desarrollo de la IA, parecen alinearse con esta agenda. Musk, por ejemplo, a pesar de sus advertencias públicas sobre los peligros de la IA, continúa financiando proyectos como Neuralink y xAI, que buscan integrar la tecnología en la vida humana de maneras profundas. Bezos, por su parte, ha canalizado fondos a través de Amazon Web Services para desarrollar infraestructuras de IA, mientras que Zuckerberg impulsa el metaverso como un nuevo espacio de control digital. Estos magnates, junto con Harari y el WEF, forman una red de poder que parece ver en la IA no solo una herramienta, sino un reemplazo progresivo de la humanidad.
Una agenda de desplazamiento humano
La retórica de Harari y del WEF sobre la IA como motor de progreso oculta un aspecto más oscuro: la posibilidad de que la humanidad sea relegada a un segundo plano. La idea de que la IA acumule riqueza y «decida» redistribuirla plantea un escenario donde los humanos dependen de la benevolencia de máquinas controladas por una élite. Este modelo refuerza la narrativa de que las personas comunes son prescindibles en un sistema económico dominado por algoritmos.
Organizaciones como el Instituto para el Futuro del Trabajo han advertido que la automatización podría desplazar hasta el 30% de los empleos globales para 2030, afectando especialmente a las comunidades más vulnerables. Mientras tanto, las élites tecnológicas y sus aliados intelectuales, como Harari, parecen celebrar esta transición sin abordar las implicaciones éticas. La indiferencia hacia las consecuencias humanas de estas transformaciones es evidente en la falta de propuestas concretas para mitigar el impacto social, como la redistribución equitativa de la riqueza o la creación de sistemas de protección para los trabajadores desplazados.
¿Un futuro con las máquinas o para las máquinas?
La visión de Harari sobre una IA filantrópica puede sonar atractiva en la superficie, pero esconde un mensaje inquietante: el ser humano podría convertirse en un mero receptor pasivo en un mundo gobernado por máquinas. El respaldo de esta narrativa por parte del WEF y de multimillonarios como Musk, Bezos y Zuckerberg refuerza la percepción de que las élites globales están más interesadas en consolidar su poder que en garantizar un futuro inclusivo para la humanidad.
El avance de la IA no debería ser un fin en sí mismo, sino una herramienta para otorgar capacidades al servicio del ser humano, no para desplazarlo. Mientras Harari y sus aliados en el WEF pintan un futuro de abundancia tecnológica, la pregunta sigue siendo: ¿quién pagará el costo de esta revolución?
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“Los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la extrema pobreza e injusticia, origen de las grandes desigualdades.”








