«Todo es disidencia controlada»: El escepticismo absoluto como el peor enemigo de la resistencia ante el sistema | Por Pastor Delgado

Sentir que "todo es un teatro" o que "todos están comprados" es una reacción comprensible. De hecho, en la mayoría de los casos, nace de una genuina lucidez crítica frente a experiencias reales y bien justificadas de manipulación y engaño. Sin embargo, hay una línea fina entre ejercer una sana vigilancia epistémica —esa agudeza mental que selecciona, contrasta y corrige la información— y caer en una imposibilidad general de creer en nada, donde la desconfianza generalizada sencillamente lo invalida todo por adelantado. Bombardeados por una constante sobrecarga informativa, es fácil llegar a un punto de agotamiento donde sentimos que comprobar los hechos ya no merezca la pena. Esto provoca una grave ruptura de la confianza básica. No se trata solo de pensar que los políticos de turno son malos en su trabajo; es una herida mucho más profunda, la sensación de que el tejido social se ha roto por completo y de que el liderazgo es, por naturaleza, ilegítimo o incapaz. Al perder ese suelo compartido que nos permite ponernos de acuerdo sobre los hechos básicos, terminamos encerrados en una postura defensiva donde "sólo mi verdad es válida". Ese vacío nos arrastra a una trampa muy peligrosa: cuando damos por sentado que todo lo oficial está podrido, inevitablemente nos alcanza la sospecha de discursos alternativos. Este hueco rara vez se llena con la razón; a veces nos empuja a una credulidad selectiva hacia relatos débiles o sin fundamento, y otras veces nos hunde en una incredulidad tan radical que ni siquiera las opciones disidentes resultan confiables. Hay que tenerlo muy claro: rechazar absolutamente todo por sistema no equivale a pensamiento crítico (aunque, desde luego, no por ello deba confiarse en las narrativas oficiales). Lo verdaderamente grave ocurre cuando esta desconfianza lo devora todo, degradando las figuras de resistencia, los ejemplos de dignidad y los modelos que podrían sostener nuestra oposición moral frente al sistema. El problema ya no es solo que dejemos de creer en el poder, sino en no poder creer tampoco en aquello que permitiría enfrentarlo. Al perder esa referencia ética, se apaga también la motivación y el impulso para actuar.

Disidenciatodo

La desconfianza generalizada consumiendo "el punto de apoyo desde el cual resistir".

Te has encontrado diciendo cosas como “es disidencia controlada”, “todos están comprados”, “eso también forma parte del teatro”, “ninguno es de fiar”, “da igual quién lo diga”, “todo está intervenido”, “hasta los que se oponen están dentro”, “todos juegan el mismo juego” o, sencillamente, “ya no me creo nada”. No se trata necesariamente de paranoia ni de pensamiento conspirativo en bruto. A veces, detrás de esas frases hay experiencias reales de manipulación, propaganda, corrupción, arbitrariedad o fracaso institucional. Hay una parte de esa desconfianza que puede ser comprensible, incluso lúcida. Pero cuando esa sospecha deja de dirigirse a actores concretos y empieza a extenderse a cualquier voz, cualquier símbolo, cualquier ejemplo moral y cualquier relato de resistencia, entonces ya no estamos solo ante una crítica del sistema. Estamos ante algo más profundo: una forma de desgaste de la confianza básica que permite orientarse en el mundo social, distinguir entre grados de credibilidad y sostener algún punto de apoyo desde el cual resistir.

El escepticismo ante la narrativa del sistema no es, ni por asomo, una patología, ni una extravagancia, ni una forma automática de pensamiento conspirativo. En muchos casos, es una respuesta comprensible y bien justificada ante experiencias reales de corrupción, propaganda, arbitrariedad, manipulación o fracaso institucional. Desconfiar de relatos oficiales, de determinadas élites o de ciertas estructuras de poder puede ser una forma de lucidez crítica y de autoprotección moral. El problema comienza cuando esa desconfianza deja de dirigirse a objetos concretos y se convierte en una imposibilidad general de creer en cualquier fuente, en cualquier símbolo y en cualquier mediación humana. Ahí ya no estamos solo ante una crítica del sistema, sino ante algo más profundo: una ruptura de la confianza básica que hace posible orientarse en el mundo social y aprender de otros sin caer ni en la credulidad ni en la negación total.

La literatura científica no reconoce hoy una categoría diagnóstica formal llamada “incredulidad absoluta”, pero sí describe con bastante precisión las piezas del fenómeno. Lo que aparece no es una enfermedad única y cerrada, sino una constelación de procesos: escepticismo epistémico generalizado, anomia, desmoralización, cinismo mediático y, en algunos casos, rasgos paranoides o estados de hipervigilancia social. En conjunto, estas dimensiones dibujan una situación en la que la persona pierde la capacidad de calibrar la confianza: deja de distinguir entre fuentes mejores y peores, entre crítica y negación, entre prudencia y clausura.

La revisión sobre confianza epistémica ofrece aquí una distinción decisiva. Una cosa es la vigilancia epistémica, es decir, la capacidad sana de examinar la información, detectar engaños y filtrar lo dudoso. Otra muy distinta es una forma rígida de escepticismo epistémico en la que la persona ya no logra confiar en otros como fuente de conocimiento. Dicho de forma simple: el escepticismo sano selecciona, contrasta y corrige; la desconfianza generalizada invalida por adelantado. El primero protege del engaño sin romper el aprendizaje social; la segunda termina por impedirlo. Eso no significa que deba confiarse por ello en narrativas oficiales, sino que entre la credulidad y la negación total existe una posición más exigente y más lúcida: la de la verificación selectiva.

Ese desplazamiento no suele producirse de un día para otro. La secuencia más verosímil comienza con la sobrecarga informativa. En entornos saturados, atravesados por contradicciones, escándalos permanentes, correcciones tardías y versiones incompatibles de la realidad, la tarea de discriminar se vuelve extenuante. Cuando además irrumpen tecnologías capaces de generar simulacros convincentes, la sospecha deja de recaer en una noticia concreta y empieza a afectar a la percepción misma. No solo se duda de quién habla; se duda de si algo puede seguir pareciendo auténtico.

La investigación reciente describe este estado como una forma de apatía ante la realidad o cinismo ante la autenticidad. En ese punto, la persona no necesariamente abraza una teoría delirante; a veces ocurre algo más silencioso y más corrosivo: deja de considerar que verificar merezca la pena. La cuestión ya no es solo “esto puede ser falso”, sino “comprobarlo exige tanto y ofrece tan poco rendimiento subjetivo que el esfuerzo parece inútil”. Cuando los intentos de discernir se viven como frustrantes o estériles, la sospecha se convierte en fatiga y la fatiga en indiferencia defensiva.

A esta erosión cognitiva suele sumarse una erosión moral. Cuando la experiencia acumulada es la de promesas incumplidas, hipocresía institucional, manipulación o desigualdad persistente, la desconfianza ya no es únicamente un problema de información, sino también un problema de legitimidad. La noción de anomia resulta aquí central. La anomia no describe solo malestar individual, sino la percepción de que el tejido social se ha roto y de que el liderazgo es ilegítimo o incapaz. Cuando esa percepción se consolida, disminuye la confianza en las reglas compartidas, se debilita la identificación con el conjunto y se erosiona la idea misma de un marco común. En esas condiciones, puede aparecer un repliegue interpretativo en el que el sujeto se aferra a su propio criterio porque siente que el mundo compartido ya no ofrece validación creíble. No se trata exactamente de “solo mi verdad es válida” como fórmula clínica literal, pero sí de una pérdida del suelo intersubjetivo desde el que las verdades pueden discutirse en común.

En ese contexto, la desconfianza puede dejar de dirigirse únicamente al sistema oficial y extenderse también a discursos no oficiales. Este punto es importante: una vez dañada la confianza básica, la sospecha no siempre se limita a gobiernos, medios tradicionales o instituciones consolidadas. También puede alcanzar a discursos alternativos, relatos de resistencia, voces críticas y marcos interpretativos disidentes. La investigación sobre perfiles de desconfianza en el consumo de noticias muestra, de hecho, que existen segmentos de población que no practican una confianza selectiva, sino una dinámica más polarizada de “confiar en todo” o “desconfiar de todo”. Eso ayuda a sostener la idea de que la sospecha de discursos alternativos no es una rareza teórica, sino una extensión posible de la polarización de la confianza.

La investigación sobre mentalidad conspirativa ayuda a entender ese tránsito. Sus autores distinguen una actitud de escepticismo generalizado hacia las explicaciones autorizadas y muestran cómo esa sospecha puede producir un vacío epistémico. Cuando todo lo oficialmente legitimado se considera corrupto o manipulado, desaparece el suelo común desde el cual interpretar los hechos. Ese vacío no siempre se llena de forma racional. A veces conduce a una credulidad selectiva hacia relatos débiles o implausibles; otras veces puede empujar a una incredulidad tan radical que ni siquiera las alternativas resultan fiables. La primera parte de esta secuencia está muy apoyada por la literatura sobre mentalidad conspirativa; la segunda debe formularse con más prudencia como una prolongación posible de la desorganización de la confianza, no como un automatismo universal.

Ésa es una de las paradojas más relevantes del fenómeno: desconfiar de todo no equivale a pensamiento crítico. Y decir esto no implica, en absoluto, que por ello deba confiarse en las narrativas oficiales. Lo que implica es algo más preciso: la crítica rigurosa no consiste en negar por sistema, sino en discriminar con criterio. El pensamiento crítico compara, corrige, selecciona y revisa; la incredulidad total, en cambio, rebaja todas las fuentes al mismo régimen de sospecha y deja a la persona sin criterios estables para ordenar el mundo.

El fenómeno se vuelve todavía más grave cuando deja de ser solo cognitivo y empieza a erosionar la motivación. No se pierde únicamente la confianza en las instituciones; se pierde también el impulso de resistirlas. Cuando toda referencia parece contaminada, también se degradan los modelos que podrían sostener la oposición moral al sistema. Personajes históricos admirables, figuras de resistencia y ejemplos de dignidad pueden pasar a percibirse como propaganda, como narrativas cooptadas o como símbolos vaciados. El problema ya no consiste solo en no creer en el poder, sino en no poder creer tampoco en aquello que permitiría enfrentarlo.

Ese vaciamiento de referencias tiene un alcance moral y existencial. La literatura sobre desmoralización define este estado como una experiencia persistente de incapacidad para afrontar la realidad, acompañada de desesperanza, impotencia, falta de sentido, incompetencia subjetiva y sensación de fracaso. Llevado al terreno político e histórico, eso significa que la persona no solo descree de la legitimidad del sistema; también empieza a descreer de la posibilidad misma de actuar con sentido contra él. La resistencia pierde suelo, horizonte y lenguaje.

Dicho con crudeza: la forma más extrema de este proceso no desemboca necesariamente en una adhesión delirante a una gran conspiración. A veces desemboca en algo más devastador y menos visible: apatía, retirada, inmovilidad moral. Ya no se confía en el sistema, pero tampoco en quienes lo combaten. Ya no se conservan referentes éticos suficientemente firmes desde los cuales juzgar lo que merece ser defendido. La sospecha termina por devorar tanto al poder como a sus adversarios.

En ese punto, la negativización alcanza incluso aquello que, desde una evaluación histórica razonable, debería distinguirse como valioso o emancipador. Derechos civiles, mejoras tecnológicas, figuras ejemplares o hitos históricos pueden ser leídos bajo una misma clave sospechosa: si proceden del mundo social existente, deben estar contaminados. Lo que se quiebra aquí no es una tesis concreta sobre un hecho concreto, sino la capacidad de establecer jerarquías morales e históricas dentro de la experiencia colectiva.

No toda desconfianza intensa es clínica. Conviene subrayarlo para no patologizar respuestas que pueden estar bien justificadas por experiencias reales. La revisión sobre trastorno paranoide de la personalidad muestra, sin embargo, que la sospecha se aproxima a un umbral clínico cuando se vuelve persistente, desproporcionada y funcionalmente incapacitante. Ahora bien, incluso aquí conviene ser precisos: algunos ingredientes que aparecen en la paranoia —como la hipervigilancia, la percepción de amenaza o el sesgo hacia intenciones hostiles— pueden tener puntos de apoyo en experiencias reales de daño, abuso o vulneración. Lo que vuelve patológica la dinámica no es la mera percepción de amenaza, sino su rigidez, su extensión indiscriminada y su capacidad para deteriorar toda relación con la realidad compartida.

Desde esta perspectiva, el núcleo del fenómeno podría describirse no como una simple radicalización ideológica, sino como una crisis de la confianza socialmente necesaria para aprender, orientarse y resistir. Si hubiera que proponer una fórmula de trabajo, la más precisa sería hablar de escepticismo epistémico generalizado o de clausura epistémica defensiva: no como diagnósticos formales, sino como nombres analíticos para un proceso en el que la sobrecarga informativa, la decepción institucional, la anomia y la desmoralización se combinan hasta destruir la posibilidad de una confianza proporcionada.

La tesis de fondo, entonces, puede formularse con claridad: la desconfianza hacia el sistema no es patológica por definición y puede estar plenamente justificada. Lo verdaderamente grave aparece cuando esa desconfianza se generaliza hasta alcanzar cualquier fuente de comunicación, cualquier símbolo, cualquier ejemplo moral y cualquier relato de resistencia. En ese momento, la persona no solo pierde la fe en el sistema; pierde también la referencia ética que haría posible oponerse a él. Y cuando se pierde esa referencia, no se destruye solo la confianza: se destruye también la motivación de actuar.

Referencias

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Sobre el autor: | https://x.com/pastordc3110

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Vía Entre Noticias · Rubén Luengas  @rubegluengas

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