La FIFA impone el inglés en el Mundial como quiere el amo Trump

En paralelo, este tipo de decisiones se produce en un contexto internacional donde el debate sobre el castellano en Estados Unidos ha sido instrumentalizado políticamente por sectores de la derecha, especialmente en torno a la figura de Donald Trump, donde el uso del español ha sido en ocasiones señalado como problema o amenaza cultural pese a ser una de las lenguas más habladas del país.

Proyecto nuevo (19)

El resultado es un escenario donde el idioma deja de ser un puente y se convierte en un campo de disputa; donde el fútbol deja de ser un espacio común y se transforma en un tablero de jerarquías culturales.

André Abeledo Fernández

La reciente polémica en torno a la supuesta normativa lingüística de la FIFA vuelve a poner de manifiesto algo que trasciende lo deportivo: la progresiva politización del fútbol global y su sometimiento a dinámicas de poder cultural cada vez más evidentes.

La restricción de las ruedas de prensa al uso exclusivo del idioma inglés, no es una cuestión neutral ni meramente organizativa. Es una decisión que, bajo la apariencia de orden técnico, establece una jerarquía de lenguas y, por extensión, de interlocutores. En ese marco, el castellano —hablado por cientos de millones de personas en el mundo del fútbol— queda relegado a una posición secundaria o directamente excluido en determinados contextos.

No es un detalle menor. Es una forma de definir quién puede preguntar, quién puede entender y quién queda fuera del espacio de comunicación global.

Los episodios ya señalados en ruedas de prensa de selecciones como Marruecos o Brasil, con periodistas hispanohablantes enfrentando restricciones o limitaciones en el uso del castellano, ilustran un problema que no es anecdótico sino estructural: la tendencia a reducir la diversidad lingüística en favor de una uniformidad funcional que, casualmente, siempre coincide con el idioma dominante.

En paralelo, este tipo de decisiones se produce en un contexto internacional donde el debate sobre el castellano en Estados Unidos ha sido instrumentalizado políticamente por sectores de la derecha, especialmente en torno a la figura de Donald Trump, donde el uso del español ha sido en ocasiones señalado como problema o amenaza cultural pese a ser una de las lenguas más habladas del país.

En ese mismo marco aparece una contradicción difícil de ignorar en el discurso de formaciones políticas como VOX y de su líder Santiago Abascal.

Estas fuerzas políticas reivindican de forma recurrente el pasado imperial español y la expansión histórica del castellano como elemento de orgullo nacional, presentándolo como un símbolo central de identidad cultural.

Sin embargo, esa retórica choca frontalmente con su silencio o incluso su alineamiento indirecto con políticas internacionales donde el castellano y la cultura hispana son relegados o marginados, especialmente en contextos como el estadounidense. Es decir, se invoca la grandeza histórica del idioma, pero no se defiende su presente real allí donde millones de hispanohablantes lo viven como lengua cotidiana y socialmente viva.

Esa incoherencia revela una utilización selectiva de la cultura: se exalta como relato simbólico, pero se abandona cuando exige posicionamiento político concreto en escenarios globales.

Mientras tanto, la FIFA continúa acumulando críticas por su gestión desigual del tablero internacional. Las sanciones aplicadas a países como Russia en determinados conflictos contrastan con la percepción de una respuesta mucho más ambigua en otros escenarios geopolíticos, lo que alimenta la sensación de que no existe un criterio universal, sino una geometría variable del castigo y la permisividad.

Del mismo modo, las dificultades administrativas y políticas que rodean la participación de selecciones como Iran —ya sea en forma de restricciones de visado, limitaciones logísticas o tensiones diplomáticas— refuerzan la idea de que el acceso al fútbol global no es igual para todos los actores.

Incluso episodios como la expulsión de árbitros procedentes de países periféricos del sistema futbolístico internacional —como el caso de un árbitro somalí mencionado en diversas denuncias— contribuyen a esa percepción de un sistema que no solo organiza el deporte, sino que también filtra quién puede participar plenamente en él.

En este contexto, la figura del presidente de la Gianni Infantino aparece recurrentemente asociada a la creciente politización simbólica del fútbol mundial, con gestos y reconocimientos que algunos interpretan como acercamientos oportunistas a determinadas figuras políticas globales, más preocupadas por la escenografía del poder que por la coherencia institucional del deporte.

El problema de fondo es que el fútbol, que debería funcionar como un espacio de encuentro universal, está derivando hacia un modelo donde la comunicación, la representación y hasta el lenguaje están sometidos a filtros de poder.

Y en ese proceso, las contradicciones ideológicas se vuelven especialmente visibles.

No deja de ser llamativo que mientras se reivindica el castellano como símbolo histórico de expansión cultural, se toleren —o no se confronten con la misma intensidad— políticas contemporáneas que lo marginan en espacios internacionales clave. Esa tensión entre el discurso identitario y la práctica política concreta revela una distancia cada vez mayor entre la retórica y la acción.

El resultado es un escenario donde el idioma deja de ser un puente y se convierte en un campo de disputa; donde el fútbol deja de ser un espacio común y se transforma en un tablero de jerarquías culturales.

Frente a ello, la defensa del pluralismo lingüístico no es una cuestión secundaria ni un capricho ideológico. Es la defensa de una idea básica: que el fútbol, si quiere seguir siendo verdaderamente global, no puede permitir que las palabras se conviertan en fronteras.

André Abeledo Fernández

Redacción | Entre Noticias

Fuente: Diario Octubre

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Rubén Luengas
“Los derechos humanos se violan no solo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la extrema pobreza e injusticia, origen de las grandes desigualdades.”

por Jorge Bergoglio (Papa Francisco)

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Vía Entre Noticias · Rubén Luengas  @rubegluengas

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